Y 22 días después, aquí estoy.
Definitivamente, no está siendo un buen mes. Solo un mes: septiembre.
Por lo que mi año nuevo se está viendo así como con telas de araña. Un poco nublado. Como cuando abres una ventana después de llevar demasiado tiempo sin hacerlo y dices: «Bueno… veremos cuánto polvo y bichos me encuentro».
¿Por qué?
Pues yo qué sé.
Hay veces que estás bien de todo. Sobre todo de salud, que al final es lo importante. Y, aun así, te sientes de una manera que ni siquiera sabes describir.
Te faltan palabras.
Porque empiezas a pensar en el motivo y aquí pueden pasar dos cosas: o no hay motivo o existen muchos.
Pues algo así me ha pasado este gran mes en el que, en teoría, comenzaba con mucha ilusión y muchas ideas de éxito.
Y aquí estamos.
Ideas activas: 0.
Ganas: -80.
No sé si esto es exactamente así como imaginaba «mi año nuevo».
Lo positivo de todo esto es que he aprendido a hacer un helado saludable que está impresionante. Por lo menos para mí, pero oye, que tampoco voy a montar ahora una heladería artesanal.
Así que algo es algo.
Y hablando de cosas que no sé muy bien por qué estoy haciendo (sí lo sé, quiero retomar el hábito de leer), ayer empecé un libro.
Me empezó a aburrir prácticamente al principio.
Pero he decidido darle una oportunidad.
Voy a leer tres páginas más…
Es broma.
Voy a llegar al capítulo 3, por lo menos.
Y si no me engancha, lo vuelvo a dejar en el estante hasta que las letras se borren.
El libro tiene ya unos cuantos años. Creo que lo tengo desde mi adolescencia temprana. ¿Por qué no lo leí entonces?
Tampoco lo sé.
Ahora que quiero recuperar el hábito de leer, pensé que sería mejor empezar con alguna cosa ligera de esas que tienes por casa desde hace mil años y nunca has leído.
Y ahí estaba.
Empieza hablando de un chico joven que trabaja para la Bolsa de Nueva York, con aspiraciones y toda la parafernalia.
Y, sorprendentemente, no dice que sea guapo.
Un chico normal.
Mira, ese tópico no está incluido.
Pero entonces llega el momento avión.
El chico va a coger un vuelo y, por supuesto, pretende encontrar al amor de su vida.
Una chica guapa, con buen cuerpo, simpática…
Y, además, quiere que coincida con él en el asiento de al lado para poder mantener una gran conversación durante las ocho horas que dura el vuelo.
Vamos a ver.
Primero tengo que decir que el libro tiene años. Muchos.
Quizá por eso la historia sea así de ñoña.
Y segundo, ahora, en mi «adultez joven», cuando cojo un avión —bueno, hace tiempo que no cojo uno y menos de tantas horas—, lo último que quiero es coincidir con una persona, sea hombre, mujer, joven, mayor o directamente alguien que vea ocho horas de vuelo y piense: «¡Qué maravilla, ocho horas para hablar con alguien!».
Yo quiero estar tranquila.
Leer.
Dormir.
Cerrar los ojos.
No hablar.
Tú te plantas tres horas antes en el aeropuerto para coger un avión.
Tres horas sufribles.
Porque para mí esperar en un aeropuerto es una pérdida de tiempo.
Papeleo.
Pantallas.
«Ahora sale la puerta de embarque».
«Ahora no».
«Dentro de 30 minutos».
«Ahora ya puedes ir».
Se levanta todo el mundo de repente porque han llamado a los priority y yo, como soy clase turista, me espero.
¿Para qué te vas a levantar la primera?
Si total, ya llevas un bolso que parece el de la Barbie, que no cabe na', y acabas colocándolo en los pies del pasajero de delante porque, en algún momento de la vida, la aerolínea decidió que aquello era equipaje de mano.
Total.
Después de esas tres horas, te montas en el avión, buscas tu sitio, esperas a que todo el mundo esté colocado, que alguien encuentre dónde meter una maleta imposible, que otro se cambie de asiento y que, finalmente, el avión decida que sí, que nos vamos.
Y ahora…
Ocho horas de viaje.
¿Y yo qué quiero?
Estar tranquila.
Leer.
Dormir.
Cerrar los ojos.
Porque ya voy cansada de las tres horas anteriores.
¿Para qué quiero ahora a alguien a mi lado a quien sorprender, conocer, enamorar o hacerle el viaje más ameno?
Anda ya y vete a volar.
Nunca mejor dicho.
Pues así empezó mi libro.
El que voy a intentar terminar para recuperar el hábito de leer.
Mientras tanto, continúan los quehaceres de septiembre.
Hoy es 23.
Y lo bonito —y bueno y barato— es que hoy entra oficialmente el otoño.
Yo os digo una cosa: tendría que haber esperado a hoy.
Pero fui una impaciente y una friolera y anoche ya dormí con pijamita largo y me puse calcetines.
Eso sí, las sábanas todavía son de verano.
Tampoco vamos a volvernos locos.
Pero…
¿Y lo a gusto que dormí anoche?
Pues eso.
Que igual no tengo muy claro qué estoy haciendo con septiembre, ni con mi año nuevo, ni con el libro, ni con mis ganas de hacer cosas.
Pero hoy empieza el otoño.
Y oye.
Algo es algo.
🍌 🍫 Y ahora sí: el helado
Porque dije que os dejaría la receta al final y una es una mujer de palabra. 😂
Ingredientes:
1 plátano congelado y sin piel, por supuesto
1 yogur griego.
1 cucharada de cacao puro en polvo.
Chocolate 85 %.
Elaboración:
Corta el plátano en trozos y mételo en el vaso de la batidora. Añade el yogur y la cucharada de cacao puro.
Bátelo todo.
Echa la mezcla en el recipiente que quieras y añade por encima trocitos de chocolate.
Y a disfrutar.
Mi consejo: hazlo y mételo media hora en el congelador para que coja todavía más textura de helado.
Al sacarlo puedes añadir entonces los trocitos de chocolate por encima, aunque también puedes dejarlos puestos antes de congelarlo.
Y ya estaría.
Helado saludable, fácil y sin montar un máster en repostería.
Y sí, la foto es lo mejor de esta receta. 😂

0 Comentarios
¿Tienes algo que decir? ¡Recuerda! siempre con respeto