Octubre, un Tatuaje y casi una Reflexión Seria

Bueno, bueno, bueno. Por fin estamos en octubre.

Si deseé septiembre... más ganas tenía de que pasara y llegara octubre.

¿Que cómo va el mes? Pues os diré que, de momento, va en-tre-te-ni-do.

Sí, esa es la palabra.

Bien será si me gusta su final. Así que, de momento, nos quedamos con esa definición.

Han pasado cositas.

Todos lo sabéis.

La vida política española ha decidido seguir proporcionándonos contenido.

La Puerta del Sol convertida en camping, el «Hola, Maricarmen» y el «Hasta luego, Maricarmen» y, en fin, una serie de acontecimientos que darían para varias temporadas.

Pero no vamos a entrar en política porque bastante tenemos ya con intentar entender nuestra propia vida.

Y tú, ¿cómo has empezado octubre?

Porque mientras todo esto ocurría, yo he empezado octubre en un estudio de tatuajes.

Sí.

Yo.

Una millennial.

Y aquí es donde empieza la historia.

Porque una cosa es decir «me voy a hacer un tatuaje» y otra muy distinta es sentarte en una camilla, mirar la aguja y pensar:

¿Pero quién me mandaría a mí?

Y, sobre todo, porque hacerse un tatuaje siendo millennial tiene algo de viaje en el tiempo.

Nosotros, hablo de los millennials, crecimos en una época en la que un tatuaje no era exactamente algo que se hiciera todo el mundo. O, por lo menos, no de la manera en la que lo vemos ahora.

Había tatuajes, claro.

Pero también había comentarios.

Que si eso era de gente conflictiva.

Que si luego para trabajar qué.

Que si imagínate llevarlo en un sitio visible.

Que si en una entrevista de trabajo te van a mirar el brazo antes que el currículum.

Que si los tatuajes dan mala imagen.

Y aquí viene la pregunta que me ha rondado la cabeza después de hacerme el mío:

¿Hemos superado realmente todo eso?

Porque hoy parece que tatuarse está completamente normalizado. Hay tatuajes por todas partes, de todos los tamaños, estilos y colores. Gente de veinte, treinta, cuarenta, cincuenta y más años.

Pero ¿qué ocurre cuando el tatuaje deja de estar escondido?

¿Seguimos juzgando?

¿Seguimos asociando determinados tatuajes visibles con una persona menos profesional, menos seria o menos válida?

¿Seguimos pensando que hay trabajos para los que «mejor no»?

Y, sobre todo, ¿cuánto hemos avanzado realmente desde aquella época en la que hacerse un tatuaje podía parecer casi una declaración de intenciones?

Así que hoy no vengo solamente a contaros cómo ha sido hacerse un tatuaje siendo millennial.

Vengo a contaros qué se siente cuando haces algo que durante años estuvo rodeado de etiquetas.

Y a comprobar si esas etiquetas se han quedado en el pasado o si, como los pantalones de tiro bajo, algunas están intentando volver.

Pero vamos a empezar por el principio

Yo pedí la cita en abril.

Sí, abril.

Por una serie de fallos técnicos que no vienen al caso, no supe hasta mayo que aquello había ocurrido. Y cuando por fin lo supe, me dieron la primera cita disponible para julio.

Julio.

Así que lleváos las manos a la cabeza conmigo un momento.

Porque si para conseguir una cita en un estudio de tatuajes tienes que esperar varios meses, una cosa queda bastante clara:

La gente se tatúa. Muchísimo.

Finalmente, por unas cosas y por otras, no pude ir hasta octubre. Y quién decide es mi disponibilidad bueno,  y la de alguien más, no voy a mentir.

Pero eso no significa que durante esos meses no me haya dado tiempo a pensar, porque me ha dado. Y mucho.

Dónde.

Cómo.

En qué sitio.

Si visible.

Si no visible.

Y aquí tengo que ser sincera.

Sí, he tenido unos seis meses para pensar dónde quería hacérmelo.

Seis meses.

Tiempo más que suficiente para estudiar todas las partes del cuerpo, hacer una tesis doctoral sobre superficies tatuables y tomar una decisión firme.

Pues no.

Hasta dos días antes no me puse de verdad a mirar qué sitio era el mejor.

Y pensé:

«Joder, mira que has tenido meses para pensarlo».

Pero también pensé otra cosa.

Con lo indecisa que soy, si en abril hubiese dicho «me lo hago en el pie», probablemente en octubre estaría pensando:

«¿Y si era mejor en la oreja?».

Porque soy así.

Sinceramente, tampoco quería tomar una decisión seis meses antes y pasarme todo ese tiempo pensando que quizá me había equivocado.

Así que preferí hacer lo que hacemos las personas indecisas profesionales:

Esperar hasta que no quedara más remedio y decidir.

Eso sí, durante esos meses hubo una pregunta que sí estuvo bastante presente:

¿Me lo hago en un sitio visible?

¿O mejor en uno que pueda tapar?

Porque sí, también pensé en el trabajo.

En que quizá un tatuaje visible pudiera suponer algún problema en algún momento.

Quizá hoy esto ya sea de lo más normal.

Pero, por si acaso...

Repito:

Soy millennial.

Imaginad las vueltas que le he podido dar.

Llegó el día de la cita

Cuando por fin tuve claro el sitio, llegó el día de la cita. ¡Qúe gran causalidad!😂

Y  además, llegué casi puntual.

Casi.

Porque tuve problemas para aparcar.

Sí, eso también pasó.

Fue real.

Cada vez hay más coches que personas.

Y llegará un momento en el que saldremos de casa, abriremos la puerta del coche y habrá otro coche dentro.

Pero bueno, conseguí llegar.

Entré en el estudio y allí estaba yo, preparada para mi momento.

Bueno, preparada es una forma de hablar.

De fondo se escuchaba algo parecido a ruido blanco.

Aunque ese mismo día descubrí que también existe el ruido azul, el ruido rosa y no sé cuántos ruidos de cuántos colores más.

Esto se nos está yendo un poco de las manos con las cosas que inventamos para vivir.

Así que vamos a dejarlo en ruido blanco, que es el que yo conocía.

Y, básicamente, lo único que se escuchaba era la máquina de tatuar.

No sé qué nombre recibe esa máquina, pero sonaba exactamente igual que cuando mi marido se afeita.

Así que durante unos minutos tuve la sensación de que podía estar perfectamente en una barbería.

Y llegó nuestro turno.

Sí, digo nuestro porque no fui sola.

La tatuadora nos enseñó el diseño y empezó a aconsejarnos sobre dónde colocarlo.

Y sí, nos aconsejó.

Nos dijo varios sitios, nos explicó qué zonas podían funcionar mejor y, lógicamente, nos dio su opinión.

El problema es que mientras ella hablaba, en mi cabeza estaba sonando:

«Aserejé, ja, dejé, dejebe...»

Porque yo ya tenía decidido dónde quería hacerlo.

De hecho, después de haberle dado tantas vueltas durante meses, le dije algo así como:

«Es genial y los sitios que me estás diciendo también son geniales, pero he dado demasiadas vueltas para decidir dónde hacerlo y ahora mismo no puedo sacar a mi yo indecisa de aquí y crearme otra inseguridad sobre si me estoy equivocando de sitio».

Porque una cosa es escuchar un consejo y otra es darle a mi cerebro una nueva posibilidad sobre la que poder obsesionarse.

Aun así, tengo que decir que su aportación fue maravillosa.

Lógico, por otra parte. Es su trabajo, tiene experiencia y sabe perfectamente qué zonas pueden funcionar mejor y cuáles pueden dar más problemas.

Así que, después de todo, tampoco me desvié demasiado de mi idea inicial. Sí, me convenció para cambiar un poco la zona, palmo arriba, palmo abajo.

Vimos cómo quedaría y... ahora sí. ¡Llegó el momento!

Me puse lo más cómoda que pude.

Empezó.

Y la verdad es que la cosa iba bien.

No noté dolor.

O, por lo menos, no el dolor que yo esperaba encontrarme.

Lo que sí noté fue picor.

Y el picor fue aumentando poco a poco.

Cada vez un poquito más.

Pero la cosa, una vez más, fluyó.

 Y de la manera que empezó también acabó.

Así, sin más.

¿Cuánto tiempo?

Pues no lo sé.

Unos minutos.

Unos diez.

Unos veinte.

No lo calculé.

No fue mucho.

Y cuando terminó pensé:

«¿Ya está?».

Pues sí.

Ya está.

Un poquito de cotilleo: ¿y qué perfil de gente había allí?

Pues de todo.

Había gente más joven que yo.

Y gente más mayor que yo.

Y cuando digo más mayor me refiero a esa generación que está justo por encima de los millennials, que tampoco quiero yo que nadie se me enfade.

Había un poco de todo.

Y, sinceramente, me gustó.

Porque quizá esa es una de las mejores cosas de la vida:

La variedad.

Cada vez tengo más la sensación de que a la gente le da igual la edad para hacer determinadas cosas.

O debería darle igual.

Porque llega un momento en el que la pregunta ya no debería ser:

«¿Pero con tu edad vas a hacer eso?».

Sino:

«¿Tú quieres hacerlo?».

Si eres feliz haciéndolo o haciéndote eso, adelante.

Si no quieres hacerlo, pues no lo hagas.

Nadie te obliga. Pero tampoco debería impedírtelo la mirada de quien tienes al lado. 

Ni el comentario de quien opina.

Ni esa vocecita que todos llevamos dentro y que, muchas veces, ha aprendido a pensar como los demás antes incluso de que nosotros decidamos qué queremos pensar.

Y quizá por eso me interesaba tanto este tatuaje.

Porque, más allá del dibujo, del sitio y de la aguja haciendo ese ruido de afeitadora eléctrica, había algo más.

Había una pequeña prueba de que quizá seguimos tomando decisiones pensando demasiado en cómo las verá el resto.

Y ahí es donde volvemos a la pregunta del principio:

¿Está realmente normalizado el tatuaje o simplemente nos hemos acostumbrado a verlo?


P. D. Por cierto, dije que había empezado octubre haciéndome un tatuaje y no mentía. Empecé así. Otra cosa es que estemos ya a mediados de mes y yo esté publicando esto ahora.

Escribí este post hace 10 días, pero entre unas cosas y otras no había conseguido darle luz verde. Que una tiene una vida muy intensa, o eso parece...😏

Y mientras tanto, octubre sigue avanzando a lo suyo. Que, por cierto, ¡también tenemos elecciones! Así que sí, también toca votar.




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