Ayer no estuve. Y sin embargo, estuve más que nunca.
Martes Santo. Luz verde. Primera vez. Un Cristo nuevo en mi pueblo… y yo, pegada a una pantalla como quien espera noticias importantes. Fotos, vídeos, videollamadas… lo que fuera. No me cansaba de mirarlo. Como si en cada imagen hubiera algo más que una talla, más que arte, más que una procesión que por fin salía a la calle.
Y esta mañana, lo mismo. Otra vez. Sin pausa.
Qué bonito. Qué precioso. Qué… distinto.
Crecí entre túnicas prestadas y emociones que no sabía nombrar. No fui hermana desde pequeña —en mi casa no me inculcaron eso, mis padres no pertenecían a ninguna hermandad—, pero sí hubo tradición. Mi madre nos vestía a mi hermana y a mí de la Pollinica y del Niño Chiquito cuando éramos pequeñas. Y ahí empezó todo.
De más mayor, en primaria, ya solo me vestía del Niño Chiquito. Y casi al final de esa etapa, recuerdo un año en el que di el salto al Jueves Santo por la noche y al Viernes Santo por la mañana. No por probar, sino porque era niña, mis amigas se vestían… y yo iba con ellas. Lo típico. Cosas de críos.
Eso sí, con una diferencia importante: yo no pertenecía a una hermandad. Y eso, hoy en día, sería casi impensable. Te vistes de tu cofradía y punto. ¿Qué es eso de vestirte de otra? A más de uno le chirría… y sí, aunque pase, no siempre está bien visto. Sin darme cuenta, en ese ir y venir, en ese “me visto contigo”, se fueron sembrando recuerdos que se quedan para siempre.
Después vino otro cambio. Dejé de vestirme del Niño Chiquito y empecé a salir el Viernes Santo por la noche. La noche más triste. Esa bajada a oscuras. El silencio que lo envuelve todo justo antes de que salga el Señor. Esa espera que se clava dentro.
Pero, a pesar de todo y de mis salidas, seguía sin pertenecer a ninguna hermandad.
Mi abuela sí. Era hermana del Entierro. Ella era feliz viéndome vestir… y yo lo era más con solo verla.
Y al final… algo se crea.
Es inevitable.
Con los años, acabé siendo hermana del Niño Chiquito. Me hicieron parte de la hermandad cuando era más joven, y aunque el tiempo y la vida lo fueron poniendo en otro plano, ahí sigo.
Y luego… un día, paré.
No por falta de fe. No por rechazo. Simplemente… paré.
Y esto debería decirse más alto:
no vestirse no significa no creer.
no salir no significa no sentir.
no pertenecer no significa estar fuera.
La fe no entiende de cuotas ni de libros.
Pasaron años. Muchos. Sin túnica, sin procesiones desde dentro… incluso sin verlas apenas. Y, aun así, algo seguía ahí. Silencioso. Como esas canciones que no escuchas en años pero cuando vuelven, te las sabes de memoria.
Hasta que el año pasado volví.
Y no fue cualquier vuelta. Fue de esas que pesan. De las que vienen cargadas de nervios, de emociones que no sabes si vas a poder sostener. Algo que tenía que hacer y debería haber hecho antes. De las que no se explican porque no necesitan explicación. Solo yo sé por qué. Y ahí se queda.
Pero si algo aprendí, es esto:
a veces el ego por uno mismo es tan grande que no valoras algo hasta que te falta…
y cuando quieres volver, ya no es lo mismo. Ya no eres la misma. No sé si mejor o peor… pero es distinto.
Este año no me he vestido. Tampoco lo he necesitado.
Pero entonces llega él.
Ese Cristo.
El que vi nacer casi sin darme cuenta. Desde el barro, desde el boceto, desde el silencio de los comienzos. El que ha ido creciendo mientras yo estaba en segundo o tercer plano, mirando sin mirar. El que ayer, por fin, salió.
Y yo no estaba.
O eso creía.
Porque en realidad sí estaba. En cada vídeo que devoré. En cada foto que amplié como si quisiera meterme dentro. En cada emoción que no supe colocar.
Y entonces entendí algo.
No sé si es fe.
No sé si es nostalgia.
No sé si es todo lo que hay detrás: el esfuerzo, las manos, la gente, la historia…
o si es simplemente el momento en el que estoy.
Pero ese Cristo… me da esperanza.
Y cuando algo te da esperanza, no hace falta explicarlo: se siente, y basta.
Quizá las imágenes no crean la fe.
Pero sí la despiertan.
Como una chispa en un sitio donde ya había algo esperando arder.
Lo miro y siento calma.
Lo miro y me emociona.
Y esa mezcla… no es casualidad.
La calma me recoge.
La emoción me despierta.
Y juntas, me recuerdan algo muy sencillo:
que sigo sintiendo.
No sé si volveré a vestirme.
No sé si algún día daré un paso más.
No sé nada de eso.
Pero sí sé esto:
hay cosas que no vienen a entenderse.
Vienen a encontrarte.
Y a veces llegan con forma de Cristo sentado en una peana, cuando más lo necesitas.
Cada imagen, cada hermandad, cada momento… suma. Todas tienen su “cosita especial”. Ojalá fuésemos más conscientes de lo afortunados que somos de poder disfrutar de una Semana Santa así de bonita. Aprender a no juzgar lo que otros sienten o cómo lo viven. Que cada uno lo sienta y lo viva como quiera, sin rivalidad. Al final, todos somos iguales. La fe, de una forma u otra, está ahí. Distinta en cada uno… pero presente.
0 Comentarios
¿Tienes algo que decir? ¡Recuerda! siempre con respeto