Vamos a ver… ¿qué es la edad?
No, espera. Mejor aún. ¿Qué representa realmente la edad?
Porque claro, todos decimos eso de “la edad es solo un número”, como si con una frase de taza de Mr. Wonderful ya estuviera resuelto el tema. Pero luego la sociedad te mira distinto dependiendo del número que pongas en el formulario. Curioso, ¿eh?
Y es ahí donde empieza el conflicto. La edad no debería determinar tu valor… pero muchas veces lo determina. En el trabajo, en el amor, en cómo te hablan, incluso en cómo te miran cuando dices que quieres empezar algo nuevo.
Y esto es difícil. Y no tendría por qué serlo.
Mira, la famosa crisis de los 40… que ya el nombre parece un pack de ansiedad con fascículos coleccionables. ¿Qué dicen que pasa? Que la gente se vuelve loca. Que quiere volver a la adolescencia, a esa juventud temprana. Que de repente se compra una moto, empieza a correr maratones o se abre una cuenta en TikTok haciendo bailes sospechosos.
Pero yo creo que no va de eso.
Creo que a los 40 pasa algo mucho más profundo. Te pones delante de tu espejo de confianza y te ves. De verdad. 😅
Es como si por primera vez aparecieras delante de tu propio espejo sin filtros, sin excusas y sin el “ya habrá tiempo”. Porque hasta cierta edad uno vive pensando que la vida es larguísima. Que hay margen para todo. Que ya viajarás, ya cambiarás de trabajo, ya escribirás ese libro, ya montarás el negocio, ya aprenderás italiano… porque total, tienes tiempo.
Pero llegas a los 40 y el cerebro hace “clic”.
Es como estar viendo una película y darte cuenta, de golpe, de que ya vas por la mitad. Y pongamos que, con suerte, vivimos 80 años… pues ahí estás tú. En el minuto 40. Justo en medio.
Y claro… impresiona.
Porque de repente haces cuentas. Te quedan, quizá, 25 años de trabajo. Veinticinco con suerte, si no, puede alargarse un poco más. ¡Veinticinco años levantándote para ir a un sitio que igual ni te gusta!
Y luego piensas: “Vale… y cuando me jubile, si llego a los 80, todavía me quedarían 15 años más de vida”.
Quince años son quince navidades, quince veranos, miles de cafés y miles de días.
Y entonces aparece el dilema.
Porque sueños… tienes muchos. Cumplidos… algunos. Por cumplir… muchísimos.
¿Los vas a cumplir todos? No. Claro que no. Pero te convences de que todavía podrías. Y quizá esa esperanza es lo que nos mantiene un poco cuerdos.
Lo más extraño es que tu cuerpo tiene 40… pero tu cabeza no siempre. Tu cabeza a veces sigue en los 30. O en los 28. Tú te sigues sintiendo tú. Con más experiencia, sí. Más cansancio también. Pero tú.
Y encima ahora tienes algo que a los 30 quizá no tenías: dinero… y experiencia. Que “sabiduría” ya suena a gurú de Facebook subiendo frases intensas con una foto de un café de fondo.
Entonces claro, piensas: “Ahora sí me comería el mundo mejor que antes”.
Pero ojo, porque aquí entramos en terreno pantanoso.
Una cosa es cuidarte, verte bien, viajar, salir, sentirte atractiva y disfrutar la vida… y otra muy distinta es querer borrar tu edad como si fuese un error administrativo.
Escúchame bien: si tu cuerpo tiene 40, tiene 40. No 27. No 30. Y no pasa absolutamente nada.
El problema no es cumplir años. El problema es que nos han hecho creer que envejecer es fracasar.
Y es por eso que la crisis existe. Pero no por cumplir 40.
La crisis aparece cuando entiendes de verdad que el tiempo que te queda en este mundo es limitado. Ahí está el golpe. Y ojo, que no siempre aparece justo a los 40. Puede darte a los treinta y muchos, a los cuarenta y pocos… incluso más tarde. Pero alrededor de esa etapa suele asomarse.
Y la generación millennial… cuidadito, porque ya mismo empezaremos a sentirla de lleno. Algunos ya la están viviendo y otros están ahí, llamando a la puerta de la crisis mientras hacen como que no escuchan.
Pero ahora te digo yo una cosa, y también te pregunto:
¿De verdad vale la pena arriesgar todo lo que tienes y lo que ya eres por una supuesta “nueva vida”? Piensa por unos segundos.
Mira hacia atrás un momento.
Todo eso que ahora quieres hacer… probablemente ya lo viviste. Y lo viviste en tu momento. Con gente de tu edad. Con tus ideas de entonces y con tus conocidos y amigos.
Nosotros hemos tenido una infancia buenísima. Más calle y menos tablets. Más timbres en casa de los amigos y menos ubicación en tiempo real. Más Messenger y menos WhatsApp. Y la adolescencia… madre mía.
Esas noches de botellón.
Las discotecas.
Las ferias.
Conocer gente.
Los primeros amores.
Las primeras decepciones.
Los amigos diciéndote “tranquilo, yo te cubro”. 😏
Ya vivimos todo eso.
¿De verdad quieres repetirlo ahora con personas de veinte y tantos? ¿Otra vez intentando encajar en una etapa que ya no es la tuya?
Y después qué.
Dicen que las segundas partes nunca fueron buenas… y quizá no es porque sean malas. Es porque ya no se sienten igual.
Quédate con eso.
Quédate con lo feliz que fuiste viviendo todo aquello con tu generación. Porque fue auténtico. Porque tenía sentido en ese momento de tu vida.
Y ahora puedes hacer cosas nuevas. Estudiar otra carrera, aprender idiomas, cambiar de trabajo, viajar o descubrirte de otra manera.
Pero no vivir una doble vida como la protagonista de Younger. Porque eso no te va a enriquecer realmente.
Curiosamente, di con esa serie de casualidad. De estas que pones de fondo para echarte la siesta, capítulos cortitos de 25 minutos, uno detrás de otro sin prestar mucha atención… hasta que escuché que la protagonista se cambiaba la edad para poder trabajar. Y pensé: “uf… aquí hay tema”.
Una mujer que dejó de trabajar durante años para cuidar de su hija —que eso también tiene tela, porque casi siempre suele recaer en la misma persona, pero es otro tema— y cuando intenta volver al mercado laboral, con 41 años nadie la quiere contratar.
¿Y qué hace? Aprovecha que se conserva bien y finge tener 27.
Y funciona.
La contratan. La adoran. Se vuelve imprescindible. Todos la aman porque trabaja increíble.
Y ahí piensas: “Ah, vale… entonces sí sirve. Pero solo si creen que tiene 27”.
¡Qué chiste más malo hemos montado como sociedad!
Porque el talento era el mismo.
La experiencia era la misma.
La inteligencia era la misma.
Lo único que cambió fue la fecha de nacimiento.
Luego nos llenamos la boca hablando de progreso, de inclusión y de modernidad… pero prueba tú a tener cierta edad y querer reinventarte. Ahí ya no hace tanta gracia.
Y eso sí que da miedo. Y no hablo de cumplir años… sino de que te hagan sentir invisible mientras los cumples.
Volviendo al lío. Eso de vivir una vida que casi no te corresponde…
Habrá momentos de adrenalina brutal. Te sentirás viva, deseada, eufórica… como si te hubieras metido éxtasis emocional por vena. Debe sentirse así.
Pero serán instantes.
Luego vuelves a casa.
Vuelve el silencio y vuelve el espejo.
Y ahí sabes si te estás engañando o no.
Piénsalo bien otra vez.
Mira hacia atrás.
Recuerda lo que ya viviste.
Y mira también lo que estás viviendo ahora.
Sonríe.
Tienes gente a la que quieres y gente que te quiere. Y eso, a esta edad, es de las cosas más valiosas que existen.
Las cosas se rompen.
Se cambian por otras.
Pero las personas que valen la pena… o están o se marchan.
No las pierdas por querer vivir una etapa que ya no te corresponde.
Porque la gente se hace adulta y eso no es una tragedia. Es la evolución natural del ser humano.
Lo bonito no es quedarse atrapado en una edad.
Lo bonito es haber pasado por ellas.
Cada etapa pide algo distinto y cada versión de ti tenía necesidades diferentes.
No te frustres.
No estás sola.
No estás solo.
Hay que aprender a ser feliz con lo que uno es. Y también hay que aprender a respetarse. Porque te mereces respeto. Jajajaj… no te olvides que eres millennial.
Vive el ahora. Disfruta de los momentos de calidad, de felicidad… y deja de pensar qué hubiese pasado si…
Porque la vida no te pide volver a tener 20.
Te pide aprender a querer a la persona en la que te convertiste.
P.D.: Para todos mis millennials… y también para cualquier persona que esté atravesando un cambio en su vida ahora mismo.
Respira.
No vas tarde.
No estás rota.
No has desperdiciado tu vida.
Estás creciendo. Aunque a veces crecer se parezca demasiado a desmontarte entero y volver a montarte con piezas nuevas.
Y sí… da miedo cambiar. Da miedo mirar atrás. Da miedo aceptar que ya no somos los mismos que salían un jueves y aparecían un domingo con resaca, dos historias nuevas y el móvil lleno de fotos borrosas.
Pero también es bonito.
Porque sobrevivimos a muchas cosas.
A modas horribles.
A los politonos.
A Messenger.
A los “zumbidos”.
A Tuenti.
Y aquí seguimos.
Con más ojeras, sí.
Pero también con más verdad encima.
Así que, si estás perdido, si estás cambiando, si sientes que tu vida se mueve y no sabes muy bien hacia dónde… tranquilo.
A veces evolucionar se siente exactamente igual que perderse.
Y no pasa nada.
La vida no siempre consiste en empezar de cero.
A veces consiste simplemente en reconciliarte con la persona que eres hoy. 😉

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