¡Nos Fuimos de Concierto! Guía para Sobrevivir a una Masa Humana con Ritmo Dudoso

El otro día fui a un concierto.

Lo digo así, como si me hubiera apetecido salir a merendar y punto.

¡Ojalá!
Para comer puedes reservar el mismo día, pero para un concierto tienes que comprar la entrada con años de antelación, como si estuvieras organizando tu boda con el mismo cantante.
Es de locos, ¿verdad?

Por el lado bueno, tienes tiempo de sobra para organizarlo todo.
Por el malo, en un año pueden pasar tantas cosas que igual, cuando llega el día, ya ni te gusta el artista.
Pero ahí estás tú, cumpliendo con tu yo del pasado. Es lo que hay.
(O tienes la opción de revender la entrada… también se contempla).

El concierto empezaba a las nueve, así que nos fuimos a las siete.
No por entusiasmo, sino por el drama del parking.
Aparcar hoy en día es más difícil que encontrar pareja estable… bueno, ambas opciones están ahí, ahí.

Y claro, el aparcamiento “oficial” estaba donde Cristo perdió la sandalia.
Las indicaciones parecían diseñadas por un enemigo.
Todas pensábamos lo mismo:

   “Menos mal que hemos pagado parking, si no, ¿dónde nos dejarían? ¿En otro municipio?”

Eso sí, todo lo que andamos hacia adelante, lo ganamos de vuelta.
Y en el camino, cruzamos un puente que daba miedito del bueno: sin luz, lleno de basura, digno de documental de sucesos.
Pero esa noche había gente, así que… seguridad en la multitud, supongo.

Una vez llegamos, en las afueras del recinto, el desfile de vendedores era digno de una romería: bebidas, birras y hasta alcoholes de marca inventada.
Rones y vodkas que sabían a rayos, pero oye… alcohol es alcohol.
(No los caté, no me apetecía disfrutar de una experiencia espiritual. Ya tendría suficiente con las sorpresas del concierto).

Revisión de bolsos y entrada al “recinto”… je.
Recinto, si se le puede llamar así.
¡Los aparcamientos de un estadio! Glamour: cero. Pero ilusión: toda.

A las ocho ya estábamos en la pista, ese terreno salvaje donde se revela la fauna humana del concierto.
Y aquí empieza lo bueno. Te presento a los clásicos:


La Buscadora del Grupo Perdido

Empieza mirando rara, le dice a su amiga “no las veo”, y sin más se cuela entre la multitud.
Tú dudas:
¿La dejo pasar? ¿Miente? ¿Será su grupo o es una infiltrada profesional?

También está la versión “ambulancia”: la que llega con bebidas para todo su grupo, gritando “¡Cuidado que mancho!” como si fuera una emergencia nacional.
Y sí, a veces le pide a un desconocido que meta la mano en su bolso para llamar al último número. La confianza, a otro nivel.

La del Brazo en Alto

Ella (y otras veinte más) levantan la mano o el móvil con linterna para encontrar a sus amigas.
Desde arriba parece un campo de luciérnagas desesperadas.
Así es el amor en los tiempos del 4G.
Aunque, claro, sin cobertura —porque éramos tantos que ni el WiFi del cielo nos hubiera salvado.

La Alta

Tema sensible.
No es su culpa ser un faro humano, pero ay, amiga, siempre acaba delante de ti.
Y tú, que mides metro sesenta y pico, terminas viendo el concierto en las pantallas o en la nuca ajena.
Las Altas son las villanas del espectáculo.
Perdón, pero os odiamos un poquito… bueno, mucho.
(Tranquilas, solo en los conciertos).

La del Pelo Beyoncé

Esa melena tiene vida propia.
Se suelta el moño justo cuando empieza la primera canción y su cabello se convierte en látigo, ventilador y entidad sobrenatural.
Te entra por la boca, te hace cosquillas en la nariz.

Hola, guapa, me alegra que tu pelo respire… pero ¿puede hacerlo un poco más lejos?

La de la Mochila Inexplicable

Lleva una mochila más grande que su ilusión.
¿Qué lleva ahí? ¿Un picnic? ¿Un gato? ¿Su trauma de la infancia?
Da igual.
Lo importante es que te la clava en las costillas cada vez que se mueve.

La Bailarina Sin Espacio Personal

Sí, se puede bailar. ¡Claro que sí!
Pero si estás rodeada de gente, baila con el alma, no con el codo.
No hace falta que le des un masaje percutor al de al lado.

Ella, sin embargo, está decidida a darlo todo, aunque eso signifique reventarte los pies.

El Novio Obligado

Un clásico.
Llega con cara de “yo vine por amor”, pero por dentro está rezando por la última canción.
Cuanto más guapo es el cantante, más serio se pone él.

Si el artista baila, el novio cruza los brazos, marcando territorio.
Y si por casualidad se anima a moverse, lo hace con ese baile tímido que dice:

   “Sí, ese cobra millones, pero yo tengo coche y te hago desayunos.”

Y si además mide metro noventa… combinación mortal.
Novio + altura = enemigo público número uno.

La que se va antes

El concierto no ha terminado, pero ella ya tiene la mirada puesta en la salida.
Es la corredora olímpica de los eventos.
Y como toda actitud es contagiosa, detrás de ella se empieza a mover medio estadio.
El artista aún no ha dicho adiós y ya suena la sinfonía de motores arrancando.

Porque cuando suena tu canción favorita y miles de desconocidos la cantan contigo, se te olvida el pelo en la cara, el del hombro ancho delante y la mochila asesina detrás.
Ahí, por fin, somos tribu.

Y si te estás preguntando en qué concierto estuve…
te diré solo un trocito de su canción:

🎵 “Ando manejando por las calles que me besaste,
oyendo las canciones que un día me dedicaste.
Te diría que volvieras, pero eso no se pide,
mejor le pido a Dios que me cuide…”

Y sí, me cuidó… pero no del pelo de Beyoncé ni del novio de metro noventa.
No sé si fue un milagro o pura suerte, pero sobrevivir a un concierto así debería contar como experiencia sobrenatural. 🙃✨




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